Pocas veces es bueno ponerse demasiado emocional en medio de una discusión con tu hombre. Corres el riesgo de que te pregunte.
-¿Qué te pasa, te vino?
Pregunta de mierda, si las hay. Todos los racionalísimos argumentos que hilvanaste, las lógicas explicaciones que diste, y todos los esfuerzos que pusiste para resolver la situación lo antes posible han de ser echados por tierra al contestarle con llorosos ojos.
-¡Sí, pero eso no tiene nada que ver con esto!
Nada más decepcionante. Tu hombre habrá logrado infiltrar entre tus lágrimas, tu angustia o tus reproches una pregunta soez como esa. Una llave maestra que acaba el problema tapando el vórtice hormonal con abrazos… o acrecentándolo a niveles insospechados.
-Vení, no estés triste. Yo te voy a abrazar.
Un consuelo para tontos, una curita que no resuelve nada.
-Qué me vas a abrazar, pedazo de misógino sexista insensible. Cuando me viene también puedo pensar ¿sabés?*
*Nota: Esa última frase matadora rara vez será pronunciada. Probablemente llegue en un pensamiento dos o tres días después de la pelea. Cuando los días hayan terminado y ninguno de los dos recuerde sobre qué diablos era la discusión.