El apego

El apego es una experiencia no del todo placentera. El apego hace que queramos aferrarnos a esa persona cual garrapata para que nunca se escape y nunca la perdamos. Poder conservarla cerca y que esté siempre con nosotros.

Las mujeres sufrimos el apego más que los hombres. Es una cuestión fisiológica. Nos cuesta mucho soltar, dejar ir. En esa cruzada de no perder, no nos damos cuenta que cerrar nuestro puño con tanta fuerza para aferrarnos, duele.

Hay cosas que no dependen de uno. A veces hay que abrir la mano, soltar, y confiar en que lo que tiene que ser, será.

Pocas veces es bueno ponerse demasiado emocional en medio de una discusión con tu hombre. Corres el riesgo de que te pregunte.

-¿Qué te pasa, te vino?

Pregunta de mierda, si las hay. Todos los racionalísimos argumentos que hilvanaste, las lógicas explicaciones que diste, y todos los esfuerzos que pusiste para resolver la situación lo antes posible han de ser echados por tierra al contestarle con llorosos ojos.

-¡Sí, pero eso no tiene nada que ver con esto!

Nada más decepcionante. Tu hombre habrá logrado infiltrar entre tus lágrimas, tu angustia o tus reproches una pregunta soez como esa. Una llave maestra que acaba el problema tapando el vórtice hormonal con abrazos… o acrecentándolo a niveles insospechados.

-Vení, no estés triste. Yo te voy a abrazar.

Un consuelo para tontos, una curita que no resuelve nada.

-Qué me vas a abrazar, pedazo de misógino sexista insensible. Cuando me viene también puedo pensar ¿sabés?*

*Nota: Esa última frase matadora rara vez será pronunciada. Probablemente llegue en un pensamiento dos o tres días después de la pelea. Cuando los días hayan terminado y ninguno de los dos recuerde sobre qué diablos era la discusión.